HISTÓRICOS DE ANTONIO LUNA (V): MAMA, MIRA ¡UN NAZARENO VERDE! (DICIEMBRE 2007)
pasioncofrade — Vie, 05/12/2008 - 17:53
Amaneció el día como si de otro Jueves Santo cualquiera se tratara. Pero no, no iba a ser así. Estaba destinado a ser un Jueves Santo especial: mi hija Esperanza, por fin, después de muchos años de desearlo, de escuchar muchos noes en razón de su edad y de ocultos temores paternales respecto a la separación, aunque sea temporal, de los hijos, saldría en procesión Contigo. Este año ya nos quedamos sin argumentos que enfrentar a su ansiada petición de salir en procesión, acompañando a «su» Esperanza, y mucho menos después de haber hecho el rodaje el pasado Domingo de Resurrección.
Como decía, parecía que estábamos ante otro Jueves Santo, igual pero siempre diferentes, y este año más. Después de comer y por voluntad propia, permaneció en su habitación con la intención de descansar, de dormir una siesta que la preparara para las muchas horas de caminata que le esperaban. Pero no pudo, la visión de su Esperanza se le quedó grabada en la retina desde que Te visitara por la mañana, y le impedía dormir, tenía la mente demasiado ocupada, no podía desconectar. Tampoco cumplimos con el ritual anual de ir a buscar a las procesiones más tempranas: Santa Cruz, Cena, Viñeros,…, no contaron con su presencia. Había firmado la exclusiva, no estaba para nada que no fuera su objetivo más deseado. Que, todo hay que decirlo, casi se trunca por la falta de túnicas, pero tal como ella misma expresó: «la Esperanza es lo último que se pierde. Intercediste y tuvo su túnica.
Cuando se vio revestida con su equipo nazareno su semblante cambió. No es que no sea feliz, pero en ese momento esa felicidad se reflejaba, afloraba con rotundidad a su rostro, con la misma rotundidad y velocidad que latía su corazón; porque todavía había que llegar a la Basílica. Decidimos ir por el lateral derecho de la Alameda, puesto que el cruce por el recorrido oficial parecía casi imposible, o al menos retrasaría nuestra marcha. Ella, con su túnica, abría decidida el cortejo familiar, iba radiante. Mena ocupaba la Alameda y al llegar al lugar en que la Soledad se encontraba anclada, escuché la voz de un niño que le decía a su madre: «Mamá, mira: ¡un nazareno verde!». Un rayo alcanzó mi corazón, una nube preñada de lluvia impactó contra mis párpados y desató un pequeño aguacero. ¿De dónde vino ese rayo, de dónde la tormenta? Los marineros me dieron la respuesta: estaban saliendo de ella gracias al faro de la Soledad; que si a ellos les guiaba a buen puerto, a nosotros nos señaló el camino de la Basílica; y en silencio sorteamos los últimos obstáculos para llegar a Ti. El barullo, la algarabía del templo fue el sedante temporal; la procesión ejerció el efecto completo.
Esperanza (y muchas esperanzas más) iba delante de Ti; con su luz alumbraba el camino. Su tío Alfredo Te llevaba sobre sus hombros y nosotros, Tú ya sabes: mi hija Marta, mi mujer y yo, te acompañamos detrás, aunque no ibas sola ni mucho menos. Hubo un momento en que Te vi mirando a mi hija y me pareció escuchar que le decías: «Gracias». Gracias a Ti, ¡eres nuestra Esperanza!
Antonio Luna Aguilar
Diciembre 2007
