HISTÓRICOS DE ANTONIO LUNA (XIII): PREGÓN SEMANA SANTA 2004
pasioncofrade — Sáb, 06/12/2008 - 19:54
Reverendos padres curas, presidente de la Agrupación de Cofradías, autoridades, hermanos mayores, cofrades, amigos; Marta, Espe, José Manuel, con la venia.
Desde este Templo señero, desde este atril, Cruz-Guía, este humilde aprendiz de pregonero quiere hacerles saber:
Que en esta época del año en que el día va alargando sus horas, y la noche perdiendo las suyas, en que el aroma de azahar produce inconscientes suspiros de melancolía, en que se percibe un extraño y cercano olor a cera, en que se escuchan roncos sonidos de pellejos, y rutilantes y silbantes notas de hojalata, en que suenan acerados ruidos de corte en los palmerales de Elche, en que todos los vecinos se aprestan a apagar piedras de cal y desempolvar escobillas. ¡Se acerca la Semana Santa!
Dicen las malas lenguas que la “Agrupación de Cofradías” no sirve para nada, que no hace nada; dicen las malas lenguas, que el único interés que nos une es para conseguir subvenciones, que unidos se hace más fuerza.
Acallemos esos comentarios, que se sepa de nuestro trabajo, demostrémosles que no es verdad lo que dicen, demostrémosles que somos capaces de realizar una labor en pro del auge de nuestra Semana Grande, en bien de nuestra comunidad: mientras más brillo y esplendor tengamos, más visitantes recibiremos, más puestos de trabajo a la sombra del turismo.
Que se sepa de nuestra labor social, que desarrollamos hacia los necesitados de aquí y de allá.
Que se sepa de nuestra colaboración con las parroquias, de nuestro trabajo de formación cristiana y cofrade.
¡Que no hablen sin saber esas lenguas! Que se busquen otro entretenimiento, o démosles materia para hablar: que necesitamos apoyos, que necesitamos cofrades de fila, para defender nuestras tradiciones, para defender nuestro derecho a recibir el mismo trato, por parte de las instituciones, que otros colectivos.
Que ya está bien que la Cuaresma empiece cuando al Carnaval se le antoje. Que el Carnaval es hijo de la Cuaresma, hijo mal educado y desobediente, pues siempre llega tarde en este bendito pueblo, que demuestra más paciencia que un Santo soportando la tardanza del díscolo y festivo hijo.
Son las calles del Casco Antiguo, las más apropiadas para asistir a nuestras procesiones: estrechas, con algún que otro recoveco, y que en estas fechas exhalan perfumes de jazmín y dama de noche. No son aptas para el paso de esas «moles pesantes» que podemos admirar en la capital, pero sí apropiadas para nuestros tronos de pueblo, de pueblo con título de ciudad, pero en el fondo queremos seguir siendo pueblo, con gentes conocidas paseando por esas calles, no queremos ser ciudad de verdad, grande, fría, con miles de desconocidos transitando por amplias e impersonales avenidas. Queremos seguir comprando en la tienda de la esquina, la de siempre, la de Dioni, la de Juan Rueda, la de la Mondeña. Que no queremos pasar el día en centros comerciales gigantes.
Estas calles del Casco Antiguo, como digo, son el complemento perfecto para que, en combinación con los desfiles procesionales, se disloquen nuestros sentidos.
Apoyados en una pared encalada, subidos en una artística reja, modelada por artesanas manos, bajo un balcón cuajado de macetas, cual dosel protector, no necesitamos de sillas, ni de tribunas que enmascaren la esencia, el ser de nuestra Semana Mayor, ni nuestras cofradías precisan del permiso de nadie para realizar sus recorridos. Disfrutan del derecho consuetudinario que le dan los siglos de presencia en nuestra historia, en la pequeña historia de nuestro pueblo, pequeña, pero la más grande, porque es la nuestra, a pesar de que algunos recién llegados crean y digan que este rincón de Andalucía, en el sur de España, era un mísero pueblo.
Para completar nuestra nómina de ilustres marbelleros, muy nobles y leales, que importantes han sido, sólo faltaría que aquí nacieran un Rey y un Papa, pues al resto de cargos y títulos existentes hemos contribuido abundantemente.
Al amparo de la noche, bajo la luz de la luna, desde un balcón, o a pie de calle, alguien lanzará un quejío, quejío que es cante, cante hecho oración ¡Saeta que va derecha al corazón! y que del corazón sale. Es rezo espontáneo, que el de encargo no tiene valor.
Uno de los fines, el más llamativo, de las cofradías es el culto público a sus Sagrados Titulares, que culmina en esa manifestación de catequesis plástica que son las procesiones.
Existen unas normas, no escritas, que regulan la composición del cortejo procesional. Cada Cofradía, a su vez, introduce sus peculiaridades, o sea, su estilo o costumbre.
Pero, en definitiva, de lo que se trata es de formar un cortejo de acompañamiento a los Titulares, cortejo anónimo, con la excepción de los niños de La Pollinica. Cruz Guía, nazarenos, monaguillos, y trono con la imagen, pieza principal de la representación.
Todos los que no forman parte de ese desfile, ordenado, y uniformado, y anónimo, pueden y deben de ir detrás de los tronos.
Dejad que los niños se acerquen a mí…
Abrid las puertas de la Capilla de la Misericordia. Que el Hospital reviva. Que su patio, de flores y luces resplandezca. Que la bulla mantenga en pie estas piedras.
Mariana estará preparándole una tila a José Manuel. Tranquilo, no puede ocurrir nada malo, todo está organizado, como tú nos enseñaste.
Se acomodarán los dos en el coro. Observarán felices la algarabía. No hay sitio para nada, pero hay sitio para todos, qué trajín. Pero todo está preparado, nadie lo diría, pues parece una marabunta.
Y a la señal convenida, se hará el silencio, que parecía imposible. Pero todos al unísono. Igual que un ejército disciplinado, tropas armadas de cirios, bastones, guiones, se dispondrán a encomendarse a Ti. Dará comienzo la plegaria, y los dos, arriba en el coro, tratando de que no se les escape ninguna lágrima, para que no se confunda con lluvia traicionera (al menos durante la Semana Santa).
A la orden del hermano mayor, se abrirán de par en par las puertas, y el clamor del gentío, que se agolpa fuera, lo inundará todo. Aplausos, vítores, y, por fin, se hace de nuevo el silencio. Sacad a Jesús sobre su Pollina a la calle. ¡Cuidado Jorge que la puerta es muy estrecha! Adornadle el camino con palmas y olivos. ¡Hosanna! ¡Hosanna! al Hijo de David.
Cuando el hijo ya se aleje, detrás, la madre, se dispondrá a seguirle. Ni muy cerca, que Él es el que está entrando en la Jerusalén marbellera. Ni muy lejos, para no perderle de vista: las madres no se acostumbran nunca a que sus hijos se hagan mayores, y tratan de protegernos, a pesar de que, como es el caso, todo esté escrito.
Jose, alecciona a tu gente, que, aunque ya es tropa veterana, los nervios, la ilusión, pueden dar al traste con la maniobra. Ni una flor, ni una tulipa deben rozar la puerta.
Antonio: preparado, que en cuanto salga, sobre esa nube que forman los brazos de esos hijos que la quieren y adoran, la tienes que coronar, por si alguno que la ve no sabe que es Reina, no sabe que es embajadora de Paz, no sabe que nos trae Esperanza. ¡Regina Pacis, et Spes nostra!
José Palomo: compón un himno glorioso y vibrante que ensalce su grandeza.
Enrique del Castillo: forma a tus exploradores, en uniforme de gala, para que den guardia de honor al cortejo.
Precedido del Batallón Infantil, que abrirá paso entre la turba, las bocinas anunciarán que ya viene. El cimbreo de las palmas le acompañará. Bordeará las murallas, aquellas que los infieles levantaron y que la Fe rindió. Avanzará despacio entre gritos de júbilo. Y por último, tejeremos esas palmas para alfombrar con ellas Tu llegada.
Tras una interminable fila de cirios encendidos, que apenas le dejan ver a su hijo, avanzará resuelta la madre. Pero al llegar a la Alameda, se entretendrá, quizás queriendo guardar en su memoria sólo este recibimiento, estos momentos de alegría que en nada presagian lo peor.
Qué pronto quedaron atrás las alabanzas. Qué fácil tornó el júbilo en acusación. Qué cambiantes, pasajeros, peregrinos, hipócritas,… somos
Lo mandan azotar, y le toca al Barrio Alto tratar de aliviar su dolor. Para ello transformarán el lunes en domingo.
Acicalad las calles, cubrid los balcones de colgaduras, que se vean las más ricas, multicolores y lujosas colchas, que aguardan en los cajones con impaciencia estos momentos. Regad las macetas; que irradien alegría y frescura, que su perfume y colorido invadan las calles, que luzcan, que Jesús va a pasar por ahí.
Entre las palmeras, como jambas de la puerta, lo veremos ser castigado. Por ver de estar más cerca de Él, como parece muy Ancha la calle, lo llevarán por caminos estrechos; arropadlo, curad sus heridas.
Maestro: coge la Espada y pon orden entre los Ríos de fieles, que dejen paso franco a su madre, a su madre, que va de blanco, blanco inmaculado, blanco que no es de fiesta, que es de luto anticipado.
Que la cal ilumine Su rostro. Que los geranios le sirvan de palio. Que Pepe te lleve, y te sirva de guardia
Ecce homo, he aquí el hombre.
Espíritu de servicio, cual Marta moderna, es el que desarrollan a lo largo de todo el año; que culminará el Martes Santo. Martes Santo en que, por puro empeño de sacar a su patrona, asistiremos a un verdadero, pero bello, anacronismo. Anacronismo, que aquí en nuestra Marbella se convierte en pura y llana verdad
Pero no podían faltar, no podía quedar la Semana Santa marbellera, sin su presencia activa: si no lo hay, ¡se hace!
Igual que una mesa bien presentada, arreglad los tronos, para llevar en bandeja de plata, de la mano de Antonio, a Nuestro Padre Jesús Cautivo. Y atenta, muy atenta a lo que pueda necesitar, ahí estará Marta, con María embelesada, y la Madre, encarnadora del Verbo, Iglesia hecha imagen. Paco, atiéndelas tú en este día.
El Puente de Málaga vibraría ante su presencia. Qué lástima que no esté ahí para servir de mudo testigo. Qué pena que ya la fuente no nos regale su fresco caudal, para acompañar las rosquillas de Cantero. Pero las cosas son así, y los que vibraremos seremos nosotros, al verte ante ese incomparable telón de fondo que es la Sierra Blanca, y entre bastidores, las murallas del Castillo, recordando la robada Barbacana. Con el moro Mustafá pataleando ante la pérdida de bastión tan hermoso. Aunque, en el fondo, disfrute con el hecho de que no hayamos podido encontrar su tesoro. Pero patalea, grita y brama al cielo si quieres, puesto que hemos descubierto otro tesoro, un tesoro que no es de este mundo, de mayor valor que tus joyas, piedras y oro.
Y te llevaremos camino del Gólgota, cargado con la cruz. Pero, ¡subid al trono penitentes! que ahí abajo no hacéis nada, entre todos la cruz no pesará. Olegario, Paco, dejad subir al gentío, que de Cirene vienen y se llaman Simón.
Tal vez, si nos vistiéramos todos de nazareno, podríamos confundir a sus ejecutores. Pero para qué engañarse, a la hora de la verdad, la hora nona, le fallaremos todos.
Él sabe muy bien hacia dónde camina y por qué camina, y no se echa a descansar. Son nuestras culpas, que alfombran las calles, las que le obligan a continuar.
Aliviad el Dolor de esa Madre. Colaborad para que no sea Mayor. Impedid que salga del Castillo. Pedro Antonio echa una mano a Manolo: que no llegue al Calvario, que no vea a su hijo morir.
Madre: contén tus lágrimas, que no te vea llorar, que si lo peor que le puede ocurrir a una madre es perder a un hijo; a un hijo, es ver a su madre llorar.
Los cercanos, sólo la familia, llamadla Lola. Que al oírlo, seguro que se alegrará, aunque esa alegría le durará poco, puesto que ya llega al Calvario, y Ella bien sabe, que allí su hijo morirá.
Que los naranjos destilen licor de azahar, que embriague nuestros sentidos, que nos predispongan hacia lo que se avecina.
¡Silencio en la plaza! ¡Que se abra la puerta! ¡Que se produzca el milagro del Amor! Por Caridad, dejad pasar al hijo, no le hagáis más daño, que ya está muerto.
Al salir a la calle se sentirá un gran temblor, como si se rasgara la Capilla. Acongojados por el hecho, nuestras mentes pensarán: ¿También a nosotros nos ha llegado la hora capital?
San Juan, desde lejos, vigilará la escena. Con la ayuda de Salvi tomará nota, para después contárnoslo, y apesadumbrado, seguirá el cortejo.
Lo hemos clavado en la Cruz, y Él, en cambio, nos devuelve el favor con Amor, y de tanto Amor le sobrevendrá la Buena Muerte, sobre ese trono de malagueñas reminiscencias. Enrique, llévalo y mécelo, como si estuviera dormido.
Que la calle Estación sirva de altar, que alivie el Vía crucis que Te llevará a la Victoria. La Huerta se quedará Chica, ni un alma en ella cabrá. Asistiremos todos inmóviles, ni un músculo moveremos, nada haremos para poderte librar.
Manolo, Caridad, ten Caridad de esa Madre, y llévatela lejos. Que no asista al escarnio que de su hijo en el monte de la Calavera harán.
Y en lo alto de él lo crucificarán. Y a su madre la llamarán María Santísima del Calvario.
Pretendieron humillarlo, antes de matarlo. Pero no consiguieron mas que una victoria pasajera, porque desde lo alto del Gólgota sigue sirviendo de Exaltación a los que te seguimos.
Pedro, detén a los que pretenden elevar la cruz. Paco, corre, lleva a su madre, que se despida, y luego aléjala del monte.
Y les acompañaremos monte abajo, desde las afueras que son las tinieblas, hasta el centro, que es la luz. Emulando el recorrido a que Tu sufrimiento en la cruz nos ha movido.
Por la calle de la batalla, que en tierra africana libramos, por la misma calle peleamos, por ser merecedores del perdón, por los sufrimientos que te damos.
En este día de parasceve, de Lágrimas estará anegada la plaza. Lágrimas de dolor derramadas.
Los trinitarios velarán Tu traslado, y recordarán la primera procesión que organizaron en la Marbella recién devuelta a Tu obediencia. Hace 13 días se cumplió el 504 aniversario.
Ortiz de Molinillos: levanta acta y requiere presteza a los comercios que quebranten el luto, y ordena a los funcionarios que lo hagan observar.
Rafa, cual el de Arimatea: atento, que las calles son pinas y angostas, e inmaculado ha de llegar.
La Virgen de los Dolores, desde lo alto observará. Rota de dolor, dolor y más dolor, al final dolor ya no le queda, y se queda en Soledad.
Pero parece que no tiene Remedios, y hay que llevarlo a enterrar. Salvador Rueda: compón versos blancos de luto, que nos recuerden a Jesús, por nosotros muerto, en este catafalco, que es ara, que es altar
Abrid el templo para que no esté sola, que le falta el hijo.
Alfombrad la plaza con las colas de las túnicas negras de nazarenos. Con horquillas sacadla, sobre peana de plata, tal parece que sobre la luna va.
Manolo, sin ruido: no turbéis su recogimiento, apagad las luces a su paso, que está de luto.
Marcad el paso con las horquillas, con sonido metálico y melancólico, que la mecida sea suave, no la azoréis más. No perturbéis su oración, que Marbella entera sea templo silencioso y respetuoso con la Madre de Dios.
Acojámosla como Madre adoptiva. Tratemos de llenar el hueco que ha quedado en su corazón. Que se quede con nosotros, que nos aconseje, que nos guíe y sirva de valedora cuando ante su hijo nos tengamos que presentar.
Que suene la trompeta. Que trueque el sonido lastimoso de las bocinas en himno triunfal. Apartaos maniqueos, que Cristo está al llegar. Dejad sitio en la plaza, que de la Vera Cruz vendrá. Venida que no es parusía, venida que es temporal. Abrid de una vez el templo, que del sepulcro al Cielo, cien ángeles lo llevarán, después de pasear por Marbella cuarenta días con sus cuarenta noches, y a pesar de todo, muchos, no lo verán.
Ese sonido lacrimoso que suena, de esa fuente, que no es la fuente, que es intrusa e impostora de otra que ya no está, no es sonido de pena que es de alegría, y de nuevo, pero esta plaza, anegada de lagrimas estará.
Se acabó el luto, y los cirios florecerán; los rostros, a la radiante luz del día, sonrientes se asomarán; los niños, que se asustaban al ver a los nazarenos, con éstos no llorarán; las campanas darán vueltas, y más vueltas, de contentas repicarán; el negro de las calles desaparecerá. Y otro año de trabajo nos esperará.
Que sepáis, los que el presente escuchéis, que desde el año 1490, y por intercesión del ermitaño Fray Guillermo de Clossa, ante el Papa Inocencio VIII, todos los que acudáis a misa el Domingo de Resurrección, en la Capilla de Santa Catalina, ganaréis indulgencia plenaria.
He dicho
Antonio Luna Aguilar
27 de marzo de 2004
