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Semana Santa = espectáculo, o el espectáculo de la Semana Santa

pasioncofrade — Mar, 04/11/2008 - 20:13

Legionarios

Tenemos que comenzar aclarando que la Semana Santa tiene dos facetas bien diferenciadas en la forma y no tanto en el fondo. Vamos a centrarnos en la faceta más conocida, más espectacular: las procesiones.

La representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es algo que empieza a promover la Iglesia bien pronto; las primeras noticias son del siglo IV. Estas representaciones, en principio, se hicieron en el interior de los templos, hasta que pareció no ser suficiente, había que salir de los mismos y ampliar el espacio escénico.

No obstante, estas escenificaciones, «procesiones» incipientes, se parecerían a las actuales sólo en el hecho de que se realizaban en la calle. Pero fueron haciéndose más complejas y extendiéndose por toda Europa. Se tenía bien claro que estas catequesis plásticas servían para algo

Una serie de hechos calamitosos que asolaron Europa fueron el origen del movimiento de los flagelantes, antecedentes de los actuales penitentes, que marchaban en procesión azotándose, flagelándose. Estos flagelantes fueron el germen de las cofradías penitenciales.

Paralelamente, los representantes de la Iglesia, con el Papa y los cardenales a la cabeza, habían olvidado los orígenes, instalándose en la opulencia y ostentación, en la corrupción, nepotismo, simonía y cuantos otros abusos quieran citarse. La Iglesia se había separado de Cristo, se había constituido en un auténtico poder terrenal, en el que el rey, o más bien el emperador, era el papa, y los cardenales, obispos, abades y hasta el último cura de pueblo se asemejaban a duques, marqueses,… y los que menos eran auténticos hidalgos, que nada producían y mucho consumían.

A este estado de cosas pocos se oponían, y los que se atrevían a hacerlo, o siquiera a criticarlo, eran proclamados herejes y perseguidos por ello. Se creía en Dios porque en algo había que creer. Cómo, si no, explicarse tantas cosas. Pero siempre ocurre algo, siempre hay una gota que colma el vaso, un hecho que trastoca lo establecido hasta el momento, que hace modificar el statu quo; un revulsivo que, en algunas ocasiones, invierte el orden de las cosas. Y esa gota fue la venta de indulgencias para la construcción de la basílica de San Pedro, en Roma, para lo que fueron enviados emisarios papales a todos los rincones conocidos en donde se pudiera recolectar más dinero.

Martín Lutero, un monje agustino, fue el más destacado opositor a todas estas prácticas, el que más alto pidió una reforma en la Iglesia. Y aunque si bien al principio no cuestionaba al Papa ni su autoridad, acabó convirtiéndose en la cabeza de una importantísima escisión de la Iglesia católica. Lutero, a su vez, también fue la gota que provocó el que la Iglesia se reformase. La de Lutero y sus seguidores fue llamada Reforma Protestante, y la consiguiente reacción de la Iglesia a la misma fue conocida como Contrarreforma, hoy Reforma Católica.

El instrumento para devolver a la Iglesia católica a su cauce fue el llamado Concilio de Trento, por la localidad en que se celebró, entre los años 1545 y 1563. En este concilio, en su sesión vigésimo quinta, se manda a los «obispos y demás personas que tienen el cargo y obligación de enseñar», entre otras muchas cosas, que «instruyan con exactitud a los fieles (…) sobre la intercesión e invocación de los santos. Honor de las reliquias y uso legítimo de las imágenes. (…) que se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración. (…) el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas; de suerte que adoremos a Cristo por medio de las imágenes que besamos y en cuya presencia nos descubrimos y arrodillamos. (…) que por medios de las historias de nuestra redención, expresadas en pinturas y otras copias, se instruye y confirma el pueblo recordándole los artículos de la fe, y recapacitándole continuamente en ellos: además que se saca mucho fruto de todas las sagradas imágenes, no sólo porque recuerdan al pueblo los beneficios y dones que Cristo les ha concedido. (…) que se expresen y figuren en alguna ocasión historias y narraciones de la sagrada Escritura, por ser convenientes a la instrucción de la ignorante plebe (…)».

Si comparamos las instrucciones del concilio con una ley, a las cofradías les correspondió redactar los reglamentos.

El efecto de tales instrucciones tuvo grandes consecuencias: las obras de arte (pictórico, escultórico y arquitectónico) de que disfrutamos dan fe de ello, y las procesiones de Semana Santa que se desarrollaron, obedeciendo a esas órdenes, son nuestras antecesoras, que no pararon de adornarse y engrandecerse, haciéndose complejas y ordenadas, tal como hoy las podemos disfrutar.

Son las procesiones un gran teatro, con unos escenarios naturales, brillantes, sobrecogedores, magníficos; una puesta en escena que, a veces y en algunos lugares, roza la perfección.

Son las procesiones un gran espectáculo, respetuoso y que pide respeto.

Son las procesiones un gran espectáculo que exige mucho esfuerzo y dinero poner en escena.

Son las procesiones un gran espectáculo que encierra, bajo los capirotes y bajo los varales, unos sentimientos, una fe de carboneros.

Son las procesiones un gran espectáculo que tristemente no es entendido por todos y que muchas veces tampoco es entendido ni compartido por los descendientes de quienes lo ordenaron.

Son las procesiones un gran espectáculo que no se sabe aprovechar por quienes tampoco son capaces de encauzar hacia una vida parroquial más participativa.

Son las procesiones un gran espectáculo; al que no le guste, que no moleste.

Son las procesiones, en definitiva, un gran espectáculo que acerca al público las escenas de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
 
Antonio Luna Aguilar

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