"Marbella, estación de penitencia" (Juan Luis Gamez Ortúzar)
pasioncofrade — Vie, 02/04/2010 - 13:53
En estos días, conviene dejar a un lado las cotidianas cuestiones y las críticas (siempre constructivas) a los responsables políticos, para centrarnos en los verdaderos protagonistas de la Semana Santa , las sagradas imágenes y aquellos que las acompañan en su recorrido por las calles de Marbella.
Cada año, la fe y devoción por un Cristo o una Virgen, en unos se renueva, en otros se reafirma, en muchos se asienta, y en los más se reaviva. No puedo sino hablar hoy, Viernes Santo, de la estación de penitencia que pude vivir (y sentir), junto a cientos de hermanos, un año más en las calles de Marbella, acompañando por vigésimo cuarto Miércoles Santo consecutivo a Nuestro Padre Jesús Nazareno en su encuentro con aquellos que esperan ver al Cristo de la túnica morada, con quienes le piden y le rezan, y con todos los que tienen que darle las gracias por muchas cosas. Aunque ciertos detalles no me gustaron, quedan en el seno interno de la hermandad, para ser debatidas, discutidas y analizadas “intra muros” (o de puertas para adentro, como se dice).
No quise repetir la experiencia del año anterior, en que llegué tarde por vez primera a la procesión (debido a razones del “bendito” tráfico), y con más de una hora de antelación ya me encontraba en la casa hermanad. A lo mejor, el Nazareno quiso que me encontrara con el anterior Hermano Mayor (ya liberado de todas las responsabilidades que sobre él recaen un Miércoles Santo) y pudimos charlar amistosamente, como hasta ahora nunca habíamos hecho, hablando del Nazareno, de la Hermandad y en definitiva, de la grandiosidad del Señor de Marbella.
Llegaba la hora de salida, y desde el interior de la Iglesia de la Encarnación comenzábamos nuestra estación de penitencia. Los primeros pasos, junto a mi compañero de fila un año más, Paco Sánchez, ya denotaban lo que siempre presagiamos: miles de almas esperando la salida de su Cristo Nazareno. Las primeras calles, como Trinidad, con esos adoquines en el suelo y esa pared de fondo que es la muralla del Castillo; el encuentro con María Santísima del Mayor Dolor; el circundeo y flanqueado de los restos de ese vestigio en piedra (pese a su horrendo pero necesario vallado), con pleno de público expectante, sirvieron para comprobar la magia que sigue desprendiendo año tras año el Nazareno. Pude ver a históricos de la hermandad que, por diversas razones, no continúan en su compromiso pero que siguen a pie de calle, atentos, el paso firme y sereno de su Cristo. Personalmente haría las cosas de otra forma pero cada uno es libre de mantener o romper su vínculo, no ya con la hermandad, sino con su Cristo o su Virgen.
En calle Portada, una mirada y un gesto de complicidad a mi amigo Paco Donoso, a quien eché de menos como mayordomo del majestuoso trono, le sirvieron para excusarse este año, afirmando que al menos disfrutaría viendo al “Perote” en todo su esplendor. Metros después, un pequeño cofrade de tan sólo tres años ya distinguía entre capirotes, mantillas y prometía ser pronto un cofrade (“como su padre”, afirmaba quien lo acompañaba). La oportunidad del paso por la señorial calle Ancha, donde la procesión luce en todo su esplendor, permite a los hermanos del Rocío, esperar junto a su casa hermandad y proceder con la entrega de un ramo de flores, como cada año; o el saludo cercano que el hijo hace a su madre, la Virgen Blanca , en el Santo Cristo. Pero también sirve para que barrios como Leganitos y Miraflores puedan recibir al Señor de Marbella, al menos por un día, acercándose al barrio alto o a la populosa barriada. El descenso por la avenida del Mercado no hace sino recordarnos la pena de no tener una calle Ancha de bajada, ya que Aduar es demasiado estrecha para la grandiosidad de los mayores tronos de la Semana Santa marbellera/marbellí.
La vuelta al Casco Antiguo nos ofrece una calle Huerta Chica donde, literalmente, no cabe un alfiler. Pese a ello, observas a personas que repiten y desean ver de nuevo el paso de los tronos. No se cansan de mirar al Cristo Nazareno, y pedirle, rogarle, suplicarle e implorarle, pero también agradecerle, corresponderle y devolverle ese favor que un buen día le hizo. Y el paso del trono, impecable, armonioso, académico, perfecto… llevado bajo el mando intachable de Olegario Moreno, hace que el de la túnica morada parezca andar sobre los hombros de los portadores nazarenos. A lo mejor es una opinión demasiado subjetiva y sesgada, pero razones no me faltan para elogiar a los que, para mi, son los mejores hombres de trono del mundo.
Todo esto (y mucho más) es lo que se vive un Miércoles Santo en Marbella. Todas las noches, todas las hermandades, todos los cofrades merecen respeto y admiración, pero lo del Nazareno ya rebasa lo real e irreal. Es pura devoción. Hoy, el Sepulcro y la Soledad elevarán el luto y el respeto a la categoría de magnificencia.

